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Las rutinas diarias son de gente aburrida

rutinas diarias

Si me diesen un euro cada vez que alguien se ha horrorizado después de escuchar que soy una persona de rutinas diarias fijas, sería rica. Bueno, rica puede que no, pero ya iría por buen camino. Que las rutinas son de gente aburrida es algo que todavía se cree. Pero, si te soy sincera del todo, yo creo que la Mary de 16-17 años también se hubiese horrorizado al escuchar que algún día se convertiría en alguien así. De adolescente, aborrecía las rutinas al máximo. Pero, de lo que no me estaba enterando era de que, en realidad, ya las tenía. Solo que era incapaz de verlas.

Por suerte o por desgracia, pude desapegarme de mi creencia de que ser una persona de rutinas era muy aburrido. Al hacerlo pude darme cuenta del potencial que tienen y, poco a poco, fui armándome días en los que ellas gobiernan. Ahora que soy mamá doy gracias por tenerlas porque ellas son las que hacen nuestros días más fáciles y ligeros.

 

Todos tenemos nuestras rutinas

No me preguntes porqué, pero en mi adolescencia, todos creíamos que tener rutinas era de gente adulta y poco guay. Esos eran los días de la gente que tenía un trabajo súper aburrido de oficina y que se pasaban el día de mal humor porque estaban hartos de lo que hacían. Por supuesto, eso jamás iba a pasarnos a nosotros, que éramos los que íbamos a cambiar el mundo en un par de años. Por aquel entonces cursaba el bachillerato de Artes. Yo creía haber sido siempre de las que tienen los pies en la tierra, pero en realidad también me dejaba llevar de vez en cuando por esos pensamientos. A lo mejor no cambiaba el mundo, pero sí que tenía claro que NO iba a ser una persona aburrida. Sí, ya sabes, de esas que tienen rutinas.

La realidad es que no he cambiado el mundo. Y tampoco tengo un trabajo súper apasionante viajando de un lado a otro. Pero sí que hago lo que me gusta, a pesar de tener un trabajo de oficina. Sé que no es mi meta en la vida, pero que me da de comer y paga algunas facturas. La diferencia con la Mary de aquel entonces es que me he dado cuenta de algunas cosas que antes no entendía.

  1. Estudié lo que me había propuesto e hice un máster a pesar de haber dicho siempre que no quería. Seamos realistas: hay que pagar facturas y comer.
  2. El trabajo apasionante, a veces, sale de tu propia actitud.
  3. Tener una vida de adulto rutinaria sin demasiadas locuras también ESTÁ BIEN.

Además, el odio que algunas personas dicen tenerle a las rutinas es algo que me parece muy curioso. Cuando, a esas personas, les digo que TODOS tenemos rutinas, me miran con cara de desagrado. ¿Tienes un trabajo con horario fijo? Amiga, eso también es una rutina. ¿Haces lo mismo todas las mañanas, en el mismo orden? Rutina. ¿Sueles ducharte a la misma hora? Rutina. ¿Sales a pasear al perro y haces el mismo camino cada día de la semana? Rutina.

No quiero desmotivarte, pero creo que se entiende a lo que me refiero. Las rutinas no son malas. Al contrario: nos ayudan en el día a día a hacer algunas tareas casi de forma automática.

 

Las rutinas nos ayudan en el día a día

Hace unos meses recuerdo que mi pareja me contó una conversación que había tenido con un amigo suyo. Su mujer y él habían tenido también un bebé unos meses después de nacer la nuestra. Mi pareja le estuvo contando que solemos acostar a nuestra pequeña entre las 7 y las 8 de la tarde y tenemos «tiempos fijos» para algunas cosas. Su amigo se lanzó a decirle que «nosotros no, somos muy espontáneos con nuestro hijo y hacemos de todo con él». Recuerdo que, al contármelo, mi pareja me dijo que ahora entendía a lo que me refería siempre. A la constante lucha que existe entre “los que tienen rutinas” y “los que son libres”. No quiero empezar ninguna discusión, así que lo voy a dejar claro: cada uno lleva su vida como mejor le funciona. Es sencillo, ¿no?

Mientras seguíamos hablando del tema, le dije que, si a ellos les funcionaba así, me alegraba muchísimo porque así fuera. Durante gran parte de mi vida a mí no me ha funcionado lo de ser espontánea. Si lo hago, al final me quedo en mi cueva 365 días al año, alejada de todo contacto social y vida en el exterior. Además, soy de esas que siempre necesita estar trabajando y para llegar a todo, hay que organizarse bien.

Te voy a contar cómo me fue a mí con el nacimiento de mi hija. Me gusta mucho pensar en esos meses porque fue el momento en el que me di cuenta de que yo así en realidad no puedo funcionar.

Los primeros días en el hospital fueron de los más bonitos que he vivido nunca. A pesar de los dolores, de no haberme duchado en 2 días y de haber tenido el ritmo entre día y noche alterado. Cuando llegué a casa, la cosa cambió y en nuestro día a día comencé a darme cuenta de que no daba abasto. Por las mañanas pasaba de la cama al sofá y por las noches, a la inversa. No podía cocinar, apenas comía, no bebía agua y todo era un caos. Me concedí las 8 semanas de baja después del parto porque las necesitaba. Pero al ver que la cosa no mejoraba después de ese tiempo, comencé a agobiarme. Y mucho.

Cuando la pequeña cumplió 3 meses, de hoy a mañana, comenzó a dormir fatal en el día. Necesitaba de hasta una hora y media para que durmiese 30 minutos. A las 2 semanas, harta, le puse un punto final a la situación. Había comenzado a darme cuenta de que por las noches ella dormía cada vez mejor, se despertaba menos e incluso comenzó a dormir unas 4-5 horas seguidas. Así que me concentré en ese sueño. Comenzamos a acostarla a las 7 de la tarde e hicimos lo posible por crear una atmósfera tranquila donde pudiese dormir. En menos de un mes, ya dormía 7-8 horas del tirón y había aprendido muy bien la diferencia entre el día y la noche. El sueño en el día nos seguía dando problemas, pero desaparecieron (casi) del todo con la llegada de las papillas y el dormir en su propio dormitorio.

A nosotros nos funcionó así en su momento y con nuestra hija. Cada situación es individual y muy personal. Lo que sí te puedo decir es que esas rutinas a mí me han ayudado a conseguir hacer más cosas en el día de las que conseguía hacer antes de ser madre.

implementar hábitos

Implementar hábitos que se conviertan en rutinas no es fácil

¿Qué es fácil en la vida, en realidad? Por supuesto, crear hábitos que se conviertan en rutinas lleva tiempo y esfuerzo. Además, tendrás que estar siempre abierta al cambio. Si algo no te funciona, no tienes que seguir haciéndolo solo porque «siempre lo has hecho así». Eso es lo genial de que la organización sea algo tan personal. Puedes crear tus propias fórmulas que te funcionen cogiendo un poquito de aquí y de allá y crear algo que sea exclusivamente tuyo y para ti.

Antes se decía que se necesitaba de 21 días para implementar un hábito y convertirlo en rutina. No sé si se seguirá diciendo (y hay bases científicas para ello), pero lo que sí puedo decirte yo es que cada persona es un mundo y cada una tiene sus tiempos. No hay una fórmula que nos funcione a todos. A mí hasta ahora hay cosas que me han funcionado más rápido que otras. Por ejemplo: me despierto a las 6 de la mañana todos los días desde hace ya un año. Da igual que vaya a la oficina o me quede en casa. Los fines de semana, a las 6.45 (y eso si mi reloj biológico no se adelanta). El despertarme a esa hora algunos días todavía me cuesta horrores. Sobre todo, los días de mal tiempo. Lo que sí ha cambiado es que puedo ponerme en pie justo después de abrir los ojos. Pero lo más importante es que, al menos en este ejemplo concreto, no me dejo flaquear demasiado porque si no soy consecuente, sé que terminaré perdiendo las ganas.

Tienes el éxito casi asegurado si comienzas con algo que de verdad quieras hacer. Y digo “casi” porque hay muchas cosas externas que también influyen a la hora de crear e implementar una rutina. Además, dependiendo de cómo seas, te será más fácil o no seguir con ellas después de hacer vacaciones, por ejemplo. Empieza siempre poco a poco e inténtalo con una cosa que quieras implementar en tu día a día a la vez.

 

Tener rutinas no te impide ser flexible y espontánea

Una de las cosas que más me sorprende es la aparente creencia de que, al vivir con tu rutina diaria, eres incapaz de ser flexible y espontánea. Algunas veces es mucho más fácil que otras. Por ejemplo y mirando las rutinas de mi hija, la hora de sueño suya que más respeto es la de la siesta. ¿Por qué? Pues porque es su sueño más irregular. Ya sé que, por la noche, ella dormirá bien en el 98% de los casos. Pero, al mediodía sé que, si no la acuesto a dormir después de un ritual muy puntual, es casi seguro que no conciliará el sueño. Por ello no suelo quedar para comer.

A cambio sí que puedo echar la hora de acostarla hacia atrás si estamos fuera y no tengo ningún tipo de problema a la hora de hacer planes. Esto, por supuesto, no es para todo el mundo. A mí me funciona básicamente porque yo he adaptado mis rutinas de trabajo como escritora a las de mi hija. Y, tener esas rutinas me asegura que trabajaré todos los días las horas que me he propuesto.

Creo que lo más importante a la hora de vivir con rutinas es la mentalidad: estar abierta al cambio en las rutinas, pero también saber que las tienes porque a ti te funciona mejor. Y también creo que eso es lo que, a veces, no entiende todo el mundo: que cada uno de nosotros funciona de forma diferente. Así que no tengas miedo. Las rutinas están para ayudarte y no te van a impedir ser flexible y espontánea.

 

Cómo las rutinas diarias te pueden ayudar siendo una escritora mamá

Siendo mamá estás hasta arriba de cosas por hacer. De seguro, ya lo estabas antes de ser mamá, pero ahora más. La cuestión es que no solo eres mamá, sino que eres muchas otras cosas más. Escritora, entre otras. Crear un hábito que se convierta en rutina es, probablemente, una de tus prioridades. Escribir todos los días. A ser posible, a la misma hora. Cuando te acostumbras a ello, tu mente ya fluye antes de ponerte manos a la obra. Por supuesto, como mamás (y sobre todo si tus niños son pequeños todavía), a veces es muy difícil encontrar un momento del día que podamos utilizar siempre para algo en concreto. Por eso siempre recomiendo ser flexible y tener una actitud abierta. Lo más importante es que tengas las ganas.

Tu situación será muy diferente de la que yo te pueda contar, eso seguro. Pero hoy te propongo hacer un ejercicio en caso de no tener rutinas fijas a la hora de escribir. Préstale mucha atención a tus próximos días. ¿Qué haces y cuándo lo haces? ¿Ves islas de tiempo que podrías usar? Y si no las hay, ¿podrías crearlas en algún momento? A lo mejor encuentras el tiempo que necesitas entre una cosa y otra, aunque solo sean 20 minutos. Cuando encuentres esa ventanita de tiempo, úsala. Escribe, escribe y escribe. Y hazlo todos los días que te sea posible. Lo ideal sería que lo consiguieras todos los días varias semanas seguidas. Pero ambas sabemos que con un niño pequeño en casa algo habrá que te lo impedirá en algún momento. A pesar de ello y lo más importante es, en realidad, que intentes hacerlo a pesar de los días malos. Algunos de esos días puede que encuentres tiempo para escribir, aunque de seguro habrá otros en los que no conseguirás nada. Siempre que lo disfrutes, el hábito se irá creando poco a poco. Y, una vez que esté creado, se integrará en tu rutina diaria.

Atrévete a hacer la prueba. ¿Te ha funcionado alguno de estos consejos? ¿Tienes ya una rutina probada e implementada que te funciona bien? ¡Cuéntame más en los comentarios! Compartiendo este tipo de información es como nos podemos ayudar entre todas. Recuerda que tener una mentalidad abierta en caso de que algo no te funcione es importante. Y, quizás, también entre los comentarios consigas encontrar algo que te inspire.

 

Si te interesa seguir leyendo sobre cómo lo hago aquí, entonces no dudes en pasarte por el artículo donde te hablo de escribir con un bebé en casa. O, si te interesa leer más sobre organización te tengo un artículo con 5 consejos para optimizar tu tiempo siendo mamá.

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